No empieza con mi boca entreabierta
ni con el primer gemido
que me cuelga
de un labio y que cae
muy lento
hasta tu voz
cuando me llamas.
No empieza
no
tampoco
cuando sonrío
y de pie
me quito la ropa para ti con
las piernas un poco abiertas
el corazón un poco abierto
y los ojos
cerrados.
No lo empieza el quitarte la corbata, o aflojarse los puños
de la camisa
de las heridas
de los días
No lo empieza la sábana enredada
sino la sabana
erizada
de respiración y aliento
en los cocuyos
y los itipes
No lo empieza la tierra
sino el barro
cuando te acercas
y caes en mis tobillos
y los besas sin rozarlos y me miras
desde abajo y en ese momento sé
que estás desnudo.
Y entonces empieza el giro
y mi respiración
se vuelve cuerda animal
y percusión indígena
y te araño la ropa
y la piel
y los tuétanos
y la culpa
y te libero
de lo parco y las esposas
a mordiscos en tus hombros
ritualizo una vida
en la que andamos enredados como bestias
fieras
sin nombre que se agarran
se desatan
ya no en la fiebre
nunca más
sino siendo la fiebre que asola al mundo
la enfermedad terrible
te lleno de heridas y saliva
mi pelo serpentea en tu espalda
preñado de desgarros y de alimento
vengo a pastar en tu cuerpo
a anidar en tu sexo
a violar tus entrañas de fuego
de volcanes
Explotar con mis manos
tus ojos
minas de carbón salvaje.
constelaciones de piedra
algas
sangre
aguijones
Todo esto sólo terminará en la muerte
muerte a dientes
y a cuchillo
No a esperas, o remilgos
No a escrúpulos
que otros inventaron y nosotros no soñamos.
Muerte dulce
precisa muerte
dibujada en el aire como una gacela
de noche, rotunda,
en la que despertar entre tus brazos
recien nacida
sarna
aceite
y hambre
No puedo evitarlo, me duerme la selva en las costillas,
no despiertes a los animales.